¿Qué mundo queremos cuando cerramos los ojos?
Hay una pregunta que las personas adultas dejamos de hacernos en algún momento: ¿cómo sería el mundo si fuera mejor? Quizás la gente joven nos ayudará si les planteamos preguntas más concretas: ¿Quién vive en ese mundo? ¿Cómo se toman las decisiones? ¿Qué pasa cuando alguien necesita ayuda? Seguramente niños y niñas pequeños las responden sin dudar; durante la adolescencia, a veces, se responden en TikTok.
Esa capacidad de imaginar mundos diferentes tiene un nombre: la imaginación cívica. El investigador Henry Jenkins lleva más de una década desarrollando este concepto. Para ellos, la imaginación cívica no es solo fantasear con un futuro mejor, sino algo más preciso y exigente: imaginar cómo sería ese mundo, cómo podríamos llegar a él, reconocernos como parte del cambio y entender que ese cambio solo puede construirse con otros. Todos ellos son movimientos que se necesitan mutuamente.


Lo importante: La imaginación antes de la acción
Suele decirse que hoy la gente joven está desconectada de la política o que solo le interesan las tendencias del momento. Esa lectura se equivoca de lente. Cuando alguien crea un vídeo sobre justicia racial, acceso a la educación o el impacto de la inteligencia artificial en su futuro laboral, está haciendo exactamente eso: imaginar futuros posibles y compartirlos. La imaginación es el paso previo que la política institucional suele ignorar.
Los movimientos sociales no empezaron con una hoja de ruta técnica, sino con alguien capaz de imaginar que las cosas podían ser de otra manera.
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